Lo que fuimos y en que nos convertimos

argentina casa rosada

Argentina viene a ser ese hijo de familia que tuvo todas las posibilidades de ganar pero terminó fracasando. Argentina en los últimos 100 años no deja de cometer error tras error, lo podemos ver en “el proyecto Maddison” hecho por el economista Angus Maddison en el cual muestra que Argentina tuvo un crecimiento sin precedentes en el periodo 1860-1928, pero luego de esa época dorada, la nación no a logrado crecer ni siquiera al 2% anual en promedio. Pasamos de ser un país de primer mundo a estar caminando por el sendero del Tercer Mundo. Dejamos de competir económicamente con Estados Unidos, Inglaterra y Australia, a hoy evitar ser menos pobres que Botsuana. Ya no somos más idolatrados por diarios ingleses y estadounidenses como a principio de siglo, ahora somos primera plana de diarios internacionales por entrar en recesión cada 4 años o menos. De lograr a ser el primer país del mundo en acabar con el analfabetismo en 1926, a ser expulsados de las pruebas internacionales PISA por haber hecho trampa en 2014. Logramos ser el único país del mundo en octuplicar la pobreza, pasamos de 5% de pobres a mediados del Siglo XX, a tener hoy 40%. ¿Totalmente delirante, no?


Como país tenemos en la vitrina grandes genios que lograron inventos y
descubrimientos dignos de primer mundo. Juan Vucetich en 1891 crea e implementa el Sistema Dactiloscópico para el uso de la policía de la Capital; Raúl Pateras de Pescara crea el primer helicóptero maniobrable del mundo en 1920; Ladislao Biro por su parte inventa la Birome en 1928; Ángel Di Cesare un 24 de septiembre de 1924 pondría en marcha un nuevo
vehículo de transporte, “el colectivo”; José Mario Fallótico en 1921 inventaría el bastón de ciegos; ¡Hasta incluso en 1917 se estrenará “El Apóstol”; primer dibujo animado que inspiró a Walt Disney; por otro lado Luis Agote en 1914 realizó la primer transfusión sanguínea; en 1920 el Dr. Enrique Telémaco Susini y sus colaboradores emitirían la primera señal de radio en el mundo; también seríamos pioneros como nación junto a otras grandes potencias en obtener el conocimiento nuclear para desarrollar una bomba nuclear; hasta las cosas más burdas como el primer filme pornográfico se hizo en Argentina en 1907 titulado “El Sartorio”. La Argentina del pasado hizo todo esto y mucho más, pero hoy en el presente tenemos poco y nada que mostrar. ¿Acaso dejamos de tener grandes inventores? ¿o será que el sistema está hecho para desincentivar esta práctica?


Ahora bien, ¿quién tiene culpa de esto? ¿Cual fue o fueron las razones por las que nos desviamos del camino del progreso? ¿Cómo un país con grandes mentes llegó a esta desgracia? Generalmente se suele culpar a la casta política o a las grandes empresas. Pero es hora de tomar la responsabilidad. Los culpables somos todos, la sociedad en su conjunto. Los gobiernos no emergen solos, una sociedad los legitima con el voto o la inacción. Los empresarios no son impunes por actos de corrupción porque si, hay un gobierno que los avala y los protege. ¿Y esto, quién lo hace legítimo? Vos, yo y el resto de la sociedad, que callamos frente a la injusticia, que asentamos con la cabeza a lo que nos dicta el gobierno, aunque eso nos arruine o nos prive de libertad. ¿Acaso no nos cansamos de vivir en un país que no nos ofrece nada? ¿No queremos volver a ser la gran potencia que alguna vez fuimos?

La solución es clara, hay que hacernos oír; llenando las calles, expresándonos en las redes y hasta participando de la contienda política, debemos demostrar que estamos hartos del circo político y la falta de respuesta. La gente de bien se ha quedado callada por mucho tiempo mientras los inmorales hacían ruido difundiendo sus ideas nefastas, como la protección económica,, los impuestos altos, y hasta el estado presente, que no puede garantizar ni siquiera las prestaciones básicas como la seguridad o la salud. Basta de soportar demagogos, pongámonos firmes y actuemos, no nos guiemos más por el fanatismo, sino por las ideas claras que nos hicieron grandes alguna vez.

 

Por Fernando Hiralde